Hay días en los que subo a una montaña no muy alta a mirar esa tierra poblada que llamamos Literatura. Una vez allí el show me parece siempre absurdo y las hambres ya vistas: personas tratando de sobrevivir por las palabras. Hay uno que trata de surgir por allá en las afueras y uno consagrado en el centro para quien se reservan las reverencias. A veces creo que es Borges sentado, macilento y hondamente inglés; pero otro, mirando de la misma forma, en altura cercana y con similar actitud de espíritu, sienta a otro. Es aquí el momento en que comprendo que leer y escribir es un círculo vano, un juego adulto, en donde se hacen malabares para los otros por puro afán de conseguir ese vano estímulo que es la aprobación de un ser externo. Y lo que uno hace, se quiera o no, termina con la muerte.
miércoles, noviembre 22, 2006
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