jueves, diciembre 07, 2006

Licenciaturas

En mi país, al sur del mundo, hay rituales de paso. Son todos absurdos, pero esa no es la opinión masiva. Uno de esos rituales ocurre al final del periodo medio de nuestra enseñanza formal, cuando el sujeto tiene unos 18 años y el libido de un toro o una vaca en celo. El asunto es muy solemne siempre: marchas majestuosas, túneles de gladiolos extendidos, padres y madres contentos de que su retoño avanza en la estructura social y no ha muerto en el intento. Se escriben lemas de elogio a la sabiduría en las paredes del recinto, que con frecuencia es un teatro en desuso o un gimnasio olímpico especialmente arrendado para la ocasión. Los asistentes -siempre familiares del pupilo- ostentan sus peinados frescos y chaquetas con olor a limpio. A los cabros, como se les dice, sentados en rigurosas filas de sillas sobre el escenario, les cuesta mucho estarse quietos, con eso de las piernas lindas y relucientes de las niñas, que las han afeitado para lucirlas en la ocasión, que es último día de su vida para usar yamper corto. A las cabras, como se les dice, les cuesta menos estar quietas, porque les fascina ser miradas y creen que estando inmóviles facilitan su contemplación, como hacen los floreros. Acabada la ceremonia, cuando algunos han llorado, se les dice a estos jóvenes del hoy, hombres y mujeres del mañana: “Adiós, hijo, nos vemos. !Que tu futuro te sea próspero¡ Te hemos dado alas: !aletea¡”. Y se van todos del teatro luego, en una algazajara contenta, a sus casas, en autos o micros, para celebrar con bailes o cenas elegantes al hijo que comienza sus primeros pasos, que comienza en la verdadera vida.